Departamento de Ingeniería Metalúrgica

Facultad de Ingeniería
Universidad de Santiago de Chile

Mis recuerdos de la Madre Escuela (II parte y final)

Oct
1
2012
El año 1957 fue mi 2º año en la EAO. En las radios sonaban Elvis Presley, Fat Domino, The Platters y la rubia Doris Day. (Crónicas de Carlos Cid)

El año 1957 fue mi 2º año en la EAO. En las radios sonaban Elvis Presley, Fat Domino, The Platters y la  rubia Doris Day. Los programas de música eran Discomanía que Raúl Matas conducía a las 10:00 horas en Radio Minería y El Tocadisco, que se emitía a las 18:30 en Radio Cooperativa.

En esos tiempos se escuchaba mayormente música norteamericana. No teníamos música urbana propia y la música folclórica tradicional era de tipo campesina, cantada por pitucos disfrazados de huasos.

La música del mundo popular consistía en tango, vals peruano, bolero y cha cha cha. Y la del campo, en corridos mejicanos. Guadalupe del Carmen, cantante de rancheras, oriunda de Chanco, fue la artista que vendió más discos en toda la historia en esos años, después vino Cecilia, a  quien hoy en día muchas quieren emular.

El gobierno de Carlos Ibáñez tenía “la escoba” en la economía y contrató a la Comisión Klein Sacks proveniente de USA, para que le diera una manito. Los cuatro gringos guatones que la componían recomendaron, prioritariamente, congelamiento de sueldos y salarios, y eliminación de fijación de precios. El gobernante de uniforme les dijo OK a  todo, y una de las tantas medidas que tomó fue subir el pasaje de los microbuses.

Mejor no lo hubiera hecho; es que quedó la tendalada. Hubo dos días de revuelta y saqueo en Valparaíso y Santiago, con un saldo de 160 muertos y cinco mil heridos. Se decretó estado de sitio y en cada destartalada micro instalaron a un milico de guardia.

Después vino una epidemia de influenza y nos mandaron a todos los alumnos de la EAO para la casa posibilitando así, unas forzadas vacaciones y todo por un virus rebelde. Pero lo más espectacular de ese año fue el lanzamiento del Sputnik por parte de los rusos y el estreno de la película “Una parisina” con la Brigitte Bardot pilucha.

Un día miércoles por la tarde nos escapamos del internado para ir a ver a la B.B. al Cine Real. También ese año ocurrió una desgracia, pues muere de cáncer el Rector de la Universidad Técnica del Estado, UTE, Don José Miguel Seguel, sucediéndole en el cargo Don Santiago Labarca Labarca.

Don Santiago fue un patricio del servicio público. Fue presidente de la Federación de Estudiantes en 1915 de  la Universidad de Chile, fue parlamentario, ministro de Estado, preso político y embajador. A la fecha tenía 64 años; era bien alto, delgado, vestía como un dandy y fumaba Particular, los cigarros negros más fuertes y baratos de la época. Durante su periodo como rector, se inició la construcción de las nuevas dependencias de la Casa Central, el Instituto Pedagógico Técnico y la Escuela de Ingenieros Industriales.

Una noche nos juntó a todos los internos en el teatro y nos dio una larga charla sobre las carreras técnicas, instándonos a tener una buena base en matemáticas y ciencias básicas. Al final nos dijo: “Si volviera a nacer, no cambiaría nada de lo que he hecho, ni siquiera dejaría de fumar Particular”.

Mi Curso: años 1957 a 1959

Mi curso lo componíamos los alumnos de las especialidades de Fundición, Mueblería e Instalaciones Sanitarias. Entre los compañeros recuerdo a Garín y Schulz, quienes serían futuros docentes de Metalurgia y Decano de la Facultad de Ingeniería, respectivamente. Ocupábamos la primera sala del ala norponiente del edificio.

Teníamos algunos ramos por separado. Para los de Fundición el martirio era Química y para los de Instalaciones era la Geometría Descriptiva. Y el martirio común seguía siendo Dibujo Técnico.

El Taller de Dibujo Técnico estaba en el 2° piso del ala este del edificio, el que originalmente fue una capilla, en los tiempos en que a los alumnos se les impartía enseñanza religiosa.

El único ramo humanista que teníamos era Castellano, pero casi no teníamos profesor. Del único que me acuerdo, era de un señor que trabajaba en el diario La Nación y que nos trataba a garabato limpio.

Los internos del curso éramos solo siete, cuatro de Fundición, uno de Mueblería y dos de Instalaciones Sanitarias.

El compañero de Mueblería era un cabro de Hualañe que llegó directamente de la Escuela Industrial de Curicó y era seco para las matemáticas, después siguió pedagogía en la misma disciplina en el Pedagógico Técnico y terminó como docente. Se  llamaba Carlos Durán; me acuerdo como si fuera  ayer, verlo en pleno invierno en mangas de camisa y con un chaleco manga corta. Su cara  era bien coloradita y siempre andaba muerto de la risa. Por  supuesto que  el mote  que le pusimos no podía ser otro que El huaso de Hualañe.

Los dos chiquillos de Instalaciones eran Idígoras y Barrios, ambos eran buenos para las matemáticas, especialmente el primero, quien  se entretenía con las integrales mientras nosotros recién estábamos machacando las ecuaciones de 2° grado. Como no era hábil para las manualidades, llegó sólo hasta 2° y después no supimos más de él (¿qué habrá  sido de su vida?). Barrios terminó su carrera y también quedó como docente de su especialidad.

De los cuatro internos de Fundición, solo dos terminaron el grado técnico, no fui yo ni mi compadre el Rogelio. Pero años después, otro con mi mismo nombre, pasaría como un rayo por el Departamento de Matemática de la Facultad de Ciencia de la Usach.

Nuestro Taller de Fundición

El Taller de Forja y el de Fundición eran los reinos de Vulcano, aprendíamos a manejar el fuego y los metales, las magias más antiguas del hombre.

En nuestro taller habían varios hornos donde fundíamos fierro, bronce, aluminio y aceros especiales; recuerdo que había dos cubilotes para fierro, un horno con crisol para bronce y aluminio, un horno eléctrico donde se preparaban aceros, un pequeño horno reverbero y un convertidor.

Durante la semana preparábamos en arena los moldes de distintas piezas de máquinas. Esta era una actividad dura, ya que teníamos que mover pesadas cajas, pero a la vez requería delicadeza para preparar los moldes, instalar los jitios, hacer los canales y las tazas para el escurrimiento del metal fundido, retirar el modelo de madera con mucha precisión y, finalmente, pintar el molde con una mezcla de melaza y grafito.

Todos los viernes se fundía fierro en el cubilote más grande y se vaciaban los moldes. Las piezas que resultaban se dejaban descansar de sus tensiones un par de meses o se les hacia tratamiento térmico. Posteriormente se trabajaban en el taller de mecánica y se armaban tornos y otros equipos, los que se destinaban a las escuelas industriales del país.

Todas aquellas tardes de faena de fundición eran para nosotros como una fiesta, un rito, en la que participaban los profesores dando instrucciones y nosotros cargando el horno, descargando el metal fundido y vaciándolo en los distintos moldes.

El profesor Don Juan Fernández era el mago del taller... como si nada sacaba del bolsillo un sobrecito con alguna sustancia especial y la vertía en el crisol cuando había que vaciar algún molde de alguna pieza muy delgada y con recovecos, para así, asegurar un buen escurrimiento del metal fundido.

El mago Fernández también era profesor de la Escuela de Artes Aplicadas, en el Taller de Fundición Artística.

En el taller se fundió la estatua del General Baquedano, quien  está enhiesto arriba de un caballo allá  donde  la capital se divide  entre los de arriba y los  de abajo -o entre  los del oriente  y los del poniente- y la de Don Arturo Alessandri Palma, esa que está frente a La Moneda. El mago armó los moldes de las distintas partes del modelo del “El León” que llegó desde Italia y los alumnos le ayudamos en la fundición.

Además el mago era el instructor del horno eléctrico. Las prácticas con este horno, por su gran consumo de energía, solo se hacían de noche después de las 22:00 horas. Esta actividad era propia de los alumnos de grado técnico, pero nosotros igual íbamos a mirar el ritual del mago y echar una manito cuando se requería.

Actividades extra curriculares

Como los días miércoles no teníamos clases, nos escapábamos para ir al cine. Generalmente íbamos al rotativo del Cine Alameda, ubicado en Alameda con Maipú. Nos veíamos como tres películas al hilo. Digo “nos” porque en este tipo de actividades extra  curriculares siempre “éramos más que dos”

También nos íbamos de conquista a la Quinta Normal, las que muchas veces terminaban en un paseo en  bote por la laguna o en el Museo de Ciencias Naturales. Para escaparnos teníamos que escalar el muro del lado del gimnasio y de vuelta teníamos que estar antes de las 18:30.

Durante el mes de octubre, se hacía la Exposición de Agricultura en la Quinta, ubicada detrás de la Escuela. Pasábamos ahí toda la tarde de los miércoles, entretenidos mirando las máquinas, todo tipo de vehículos, como también a las promotoras que comenzaban a verse en esa época.

En la tarde había un show en vivo, el que siempre lo iniciaba Nicanor Molinares con su popular Chiu Chiu o el Cantarito de Greda de Peñaflor. Este caballero era una reliquia viviente en esa primera época del rock.

Pero lo máximo de la exposición era una carpa de la Coca Cola, donde se podía bailar rock and roll con las liceanas del barrio Matucana.

Los más arriesgados llegaban de vuelta después de las 22:00 horas y algunos medios caramboleados, producto de alguna botella con copete que se ganaban en la rueda de la fortuna.

De las chiquillas alegres de la calle Maipú no digo nada; no corresponde, pues un caballero no tiene  memoria, en todo caso la valentía sólo nos alcanzaba para asomarnos por alguna de  esas  puertas  prohibidas, pero no faltaba al que lo agarraban y lo metían en vilo para adentro y hasta ahí no más llegaba la cosa. Al ratito el pobre agilado salía todo besuqueado, manoseado y despeinado.

Después del acontecimiento del Sputnik, llegaron películas rusas. Una de estas fue “El 41” (ver ficha en Internet) y junto con la película llegó a Santiago una delegación Cultural Rusa, la que estuvo de visita en la EAO. Esta delegación incluía a la actriz protagonista del film, Izolda Izvitskaya. Era una preciosa muñeca rusa. Fuimos pocos los que logramos darle un beso en la mejilla y obtener su autógrafo.

En esos años, el elenco de Teatro de Universidad de Chile hacía los pre-estrenos por la noche a todo trapo en el Teatro de la EAO, sin público, sólo los internos de la Escuela. Me acuerdo haber visto la representación de “El sí de las niñas” “Como en Santiago” y otras. Conocí a actrices por entonces jovencitas como Bélgica Castro, Maré Gonzalez y María Cánepa.

Cuando estaba cursando el 4° año (1959) partió la Radio AM CB124 de la UTE. El transmisor lo instalaron en una sala chica en el primer piso, en el extremo norponiente, hacia el lado del Laboratorio de Máquinas Eléctricas y la antena la instalaron en el patio trasero. El transmisor tenía cuatro tubos grandotes que emitían una lucecita azulita que se encendían al compás de las palabras y la música, era tecnología con magia.

Los estudios de  esta  emisora que  pasó a  constituirse  en la segunda  de carácter  universitaria (no comercial) del país, estaban ubicados en la calle Fanor Velasco, en el mismo lugar donde estaba le Rectoría de la UTE.

Una tarde tibiona de primavera apareció por la EAO una mujer de mediana estatura, con una guitarra en la mano, venía sin acompañante. Con su cara de indiecita, un clavel rojo y una larga trenza de pelo negro. Vestía una blusa blanca ceñida y escotada, una falda negra estrecha a la rodilla que le realzaba las caderas y zapatos de tacón.

Era otra guitarra. Se veía muy hermosa en su simplicidad y parecía que la venían siguiendo todos los pajaritos y las mariposas de los alrededores. Entró a una de las salas grandes, se presentó sola, nadie tenía idea quien era. Y se puso a cantar “La Jardinera” “Casamiento de Negros” y otras canciones. Sí era ella: la bordadora de arpilleras, la que se fue un día sin despedirse de nadie, confundida y cansada por el desdén y el desamor.

La Lagartija y La Quemazón

La Lagartija era una fuente de soda que quedaba en la esquina surponiente de la Alameda y Bernal del Mercado (esta ultima calle se llama hoy Obispo Umaña). A este local íbamos a jugar dado, acompañados con una pilsener y a veces con una maltita con huevo o con harina tostada. Era también un lugar de reunión de los cabros de la Normal Abelardo Nuñez.

En ese local se juntaban los cabros de grado técnico para organizar  “La Quemazón del Pato” todos los fines de año sin fecha fija. El Pato era el sobrenombre del Inspector General a  quien nadie quería, que nadie sabía lo que hacía y por qué pedía cartas del apoderado para cualquier cosa.

La quemazón era un zafarrancho que partía justo a la media noche, con el toque desenfrenado de la campana de la Escuela. Todos los internos bajábamos al patio y se iniciaba el juicio al Pato, el que siempre resultaba condenado a la hoguera por exceso de cartas del apoderado.

Después que se quemaba el mono, comenzaba la batalla campal de almohadonazos entre los internos de oficios y los internos de grado técnico. El resultado final: un despelote de padre y señor mío, con vidrios rotos y otros destrozos menores y las lanas de las almohadas repartidas por el patio.

Los perritos

Circulaba la  leyenda que esos dos perros de bronce que flanquean el patio de entrada de la EAO, así como la bomba hidráulica que estaba en el patio interior, por el lado del Taller de Forja y un tremendo torno de seis metros de bancada que estaba en el Taller Mecánico, formaban parte de los trofeos de la Guerra del Pacífico.

Al parecer, con el paso del tiempo, todo lo relacionado con la EAO ha sido investido con un halo de leyenda, pero lo aquí contado es lo vivido; son todos estos recuerdos vividos que dedico a todos los trabajadores anónimos de la Madre Escuela: al jardinero, a los maestros de la cocina y a todos quienes nos servían el desayuno, el almuerzo y la cena. A los auxiliares de aseo de los dormitorios, a los auxiliares de aseo de los patios y las salas, a los porteros que hacían la vista gorda cuando nos escurríamos a la calle, al bodeguero y los maestros ayudantes del Taller de Fundición.

También dedico mis reminiscencias a Don Enrique Kirberg, en cuyo periodo como rector de la UTE se formó el Instituto Tecnológico, del cual egresé. Y, por supuesto a mi hijo Carlos Enrique Cid Arce, quien fue Presidente del Centro de Alumnos del Departamento de Matemática y Delegado ante el Consejo Académico de la Usach.

Por  último –y de manera particular- dedico estos recuerdos que registra mi memoria a los lectores y lectoras de este medio institucional que me ha dado la posibilidad de refrescarlos y refrescarme.

… Me  percato que  estas evocaciones ya no son mías y me alegro de no haberlas sellado con el candado que me regaló sólo ayer, mi abuela Felipa.

(*) Carlos Cid Luengo es egresado de Grado de Oficio, Fundición, de la EAO, 1959. Dibujante Técnico. Egresado de la primera promoción, Técnico en Instrumentación Industrial, del Instituto Tecnológico U.T.E, 1971. Desde 1972 a 2009, su actividad profesional fue la de proyectista instrumentista.